Publicado el 8 de octubre de 2012
Mario Castro Villegas
Los resultados electorales desnudan mayoritariamente la impudicia de quiénes somos, por qué somos así, y lo que verdaderamente nos importa.
Mientras la mayoría de los pueblos buscan cada día avanzar y crecer arreando la carreta, nosotros desde nuestro círculo de comodidad buscamos un arriero.
No tengo dudas que el 7 de octubre del 2012 los venezolanos terminamos de vender nuestra esencia, nuestra alma, en el mercado de la ignominia.
A la dignidad se le colocó precio y muchos la vendieron.
Venezuela desde hace 14 años no ha sido un país sino un cementerio, con 155.788 asesinatos. A pesar de -al menos- 20 planes de seguridad, los homicidios crecieron 223%. El país es un reguero de muertos.
Esta realidad no le importó al 55,25% de los venezolanos, que el 7 de octubre dijeron“no me importa ni el luto, ni el dolor, ni el riesgo que navega a la deriva, sobre tanta sangre derramada por la delincuencia”.
En igual sintonía y con perfecto conocimiento de nuestra idiosincracia, Hugo afirmó contundentemente que “No importa si no hay asfalto, agua, luz, seguridad, vivienda o empleo. Lo que importa es la vida de la patria y que gane Chávez”.
No se equivocó.
Gracias al voto de la mayoría, se impuso la elección de un presidente que en su ejercicio ha demostrado ser incapaz para evitar esta devastadora cifra de muertos.
Si antes no había respeto por la vida, si antes el manto de la impunidad se nos imponía con su nefasto 92%, ahora será “ley” la impunidad derivada de la ineficacia de la administración de justicia.
Se mantendrá más viva que nunca la lista Tascón y la Maisanta. Se radicalizarán la exclusión, la persecución y el odio social.Votamos por Mario Silva, Iris Varela, Maripili Hernández, Andrés Izarra y el lenguaje y maltrato impune al que ellos -y los demás forajidos de esta perversa banda – nos someten por pensar diferente.
Votamos por el crimen contra Franklin Brito.
Ahora las comunas tienen el camino libre, como despejada es la vía del gobierno para la modificación de la Constitución en su plan cada vez más cercano de imponer el estado socialista.
Hugo tendrá como mínimo un par de años -tiempo que le queda a la actual conformación de la Asamblea Nacional- para aprovechar su mayoría y producir las reformas legislativas que le aseguren ese propósito.
Las gobernaciones y alcaldías están en pico e´zamuro con la nueva Ley Orgánica de Gestión Comunitaria de Competencias, Servicios y Otras Atribuciones, que entró en vigencia el 15 de septiembre y las obliga a transferir competencias al poder comunal.
Se fortalecerán las relaciones internacionales con gobiernos totalitarios que, como sanguijuelas, nos seguirán birlando recursos para los servicios e infraestructura que tanto necesitamos en el país.
Si antes el gobierno no tenía escrúpulos ahora estaremos sometidos, como ciudadanos, a mayores ofensas, maltratos, vejaciones y cadenas.
Viene más y más desprecio y persecución contra quienes pensamos diferente.
El rancho que llevamos en la cabeza, ese pensamiento atrasado, cortoplacista y siempre buscador de un mejor postor a la incondicionalidad individual, ahora caminará mofletudo por las calles retándonos, maltratándonos, humillándonos y mostrando al mundo que tenemos un precio.
Gracias al voto de la mayoría, se impondrá el militarismo, el milicianismo, la sociedad policial y el matraqueo en las alcabalas.
Seremos un país que vendió su civilidad.
Sin duda alguna, más pronto que tarde el gobierno devaluará la moneda con la nefasta carga que impone. Nada se lo impide y, además, lo necesita porque las cuentas no le cuadran gracias al espantoso endeudamiento.
La economía de la nación fue convertida en una taguara de abarrotes.
Gracias al voto de la mayoría la empresa privada, generadora del 70% de los puestos de trabajo, está condenada a doblegarse al capitalismo de estado, a comprometer severamente sus modos y medios de producción, o a desaparecer.
No nos importó que en los últimos 10 años de gobierno, 170.000 empresas -de las 617.000 existentes- se vieron forzadas a bajar sus santamarías, eliminando puestos de trabajo, dejando de comprar insumos, dejando de pagar impuestos municipales y nacionales, y dejando de participar con éxito en el desarrollo nacional.
Es decir, votamos mayoritariamente por la eliminación de parte de la producción de riqueza, generadora de bienestar para todos.
El Vicepresidente Elías Jaua, en un ejercicio de soberbia postelectoral, afirmó que “Continuaremos con las expropiaciones“.
Sin duda, estamos enfermos.
En esta Venezuela preñada de absurdos, al gobierno le cuesta garantizar una y otra.
El resultado electoral da luz verde a Hugo para pretender someter a su voluntad a ese 44,13% que votó por una alternativa de evolución, de progreso, de futuro sustentable.
Reflexionar sobre la calidad de personas que somos, servirá para entender cómo hemos involucionado socialmente. Nos siguen gustando los caudillos, las montoneras, el rejo en el lomo y la dádiva.
De nuevo, muchos venezolanos le dieron la espalda al país. Esta vez fueron 3 millones 596.123, quienes no votaron. No tienen derecho a quejarse de aquí en adelante. “Verdugo no chilla”.
Sumar los miedos de los electores a esa abstención que históricamente ha hecho tanto daño al país, nos debe obligar a un compromiso más decidido y eficaz. No hacerlo es un asesinato diario a la democracia.
Las emociones y las promesas nos empujaron al delirio de una relación mortalmente tóxica con Hugo, y por ellas votamos.
Pero también demostramos al mundo cómo nos seduce un mecenas.
El efecto dominó se hará sentir en las elecciones para gobernadores y alcaldes. La abstención puede ser brutal y legitimará el poder absoluto de Hugo en cada pueblo, calle y recodo del país.
Si como ciudadanos y como electores no entendemos que no le podemos regalar todos los estados, si no entendemos que estamos a las puertas de una sumisión colectiva forzada, y reaccionamos votando, entonces el último en salir que apague la luz.
Si no continuamos votando, Chávez seguirá imponiéndose.
Un punto clave fue la conexión emocional, casi mágico/religiosa, de la gente con ese líder. Es la única manera de entender por qué ganó en todo el país salvo en Mérida y en Táchira.
Por otra parte, me resisto a pensar que muchas de las personas que acompañaron a Capriles en sus multitudinarias, entusiastas y esperanzadas concentraciones en cada ciudad visitada, terminaron votando por el influjo seductor de Chávez. A pesar de ello, la realidad parece confirmarlo.
Es decir, gente no chavista, gente a la que no le gusta Chávez, votó por él.
A ello hay que sumar el enorme poder institucional y económico convertido en maquinaria electoral, de un gobierno enfermizamente inescrupuloso.
Las libertades conquistadas hace 54 años, desde el 7 de octubre se encuentran en severo riesgo.
Cada minuto que pase de aquí en adelante, dejará en el camino un pedazo de democracia.
La mayoría del país decidió no votar por el futuro.
Gracias al voto de la mayoría, se demuestra que no estamos preparados para tener un liderazgo de evolución. Demostramos que los venezolanos elegimos a quien más se nos parece.
Perdimos la cordura. No nos sentimos en riesgo con Chávez.
Aquí no hay que cambiar al gobernante sino a sus gobernados. La oscuridad, cual maestra, tiene mucho que enseñarnos.
Demostramos estar dispuestos a pisotear e hipotecar hasta los valores, demostramos tener un alma propensa al canje por un discurso de falsa esperanza y por algunos mendrugos de la renta petrolera.
Cuánta miseria, cuánta pobreza, cuánto desempleo, cuánta incertidumbre en las clases menos favorecidas y las no tanto; y a pesar de ello, a pesar de vivir así desde hace 14 años, votamos por un imaginario embarrado de ofrecimientos y migajas.
Muchísima gente votó escondida detrás de un espejismo y detrás de sus miedos, incapaz de superarlos, y con ello entrampó a toda la sociedad. La abstención, superior al 19%, le dio la estocada final al país.
En una conversación el día anterior a las votaciones, un contertulio me dijo “No votar por miedo a que sepan por quién lo hiciste, es como quemar un billete por miedo a que te lo roben”.
Quien se abstuvo, realmente votó por Chávez.
El 8 de octubre amanecimos con una Venezuela más dividida, con mayor rechazo de unos contra otros. No hay ni habrá reconciliación social en un gobierno de Hugo. Su proyecto político no lo contempla ni permite.
En la áspera realidad de la Venezuela de estos momentos, no hay espacio para la resignación, los miedos o la apatía. Ya sabemos sus consecuencias.
Aun así, debemos aceptar que sólo cuando vivamos una verdadera metamorfosis interna, es cuando veremos cambios en la patria.
Los cerros hablaron, Chávez es su líder. Ahora son dueños del país.
(Y YO AGREGO A LA BOLIBURGUESIA)
Guillermo Prieto
Secretario Ejecutivo
Centro Venezolano para la Democracia
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